Lectura Domingo, 23 de julio

Lectura Domingo, 23 de julio

Querido peregrino,

¿Te has parado a pensar que en tres días habrás estado un mes fuera de casa caminando? No sé si eres de los que piensa que parece que fue ayer cuando salíamos de Barcelona o si, por el contrario, estás deseando que se acabe ya este desierto. ¡Cuántos pensamientos nos vienen a la cabeza! Sobre todo, en esa hora de la madrugada en la que todo el mundo está en silencio. Aunque sea muy de mañana y algunos digan que son incapaces de pensar a esas horas, es un momento en que te encuentras tú solo ante la realidad de llevar casi un mes fuera de casa peregrinando.

Esta sensación también la tuvimos cuando atravesamos el desierto con todo el pueblo de Israel. Nadie entendía muy bien hacia dónde nos dirigíamos. Únicamente iba delante, conduciendo a esas miles de personas por el desierto, dejándome guiar por Dios y confiando en su plan de salvación. Ya nos había salvado dos veces del faraón: cuando salimos de Egipto, Dios nos liberó de la esclavitud; y en el Mar Rojo, intervino cuando estábamos a punto de ser alcanzados por los soldados.

En nuestra ruta, a veces me situaba delante del grupo, pero, muchas otras, en medio de él. Me parecía que algunos estaban ya algo cansados de caminar por el desierto. Se escuchaban quejas, fruto del cansancio, el hambre, la sed y el calor. Los inconvenientes del camino hacían olvidar al pueblo, con frecuencia, que estábamos en manos de Dios. Eso mismo te puede suceder ahora. Las dificultades se hacen cada vez más pesadas, en ocasiones no entiendes ni compartes algunas decisiones del guía, las manías de este o aquel peregrino se te hacen insoportables... Todo ello te puede llevar a una dinámica negativa de juicios, pensamientos y quejas interiores que, tarde o temprano, acabas verbalizando frente a los demás. ¡Cuánto daño hizo esto al pueblo de Israel en su travesía! ¡Y cuánto daño puede hacerte hoy, a ti y al grupo, esa queja! Te causas daño a ti mismo, porque ensucias tu alma, y causas daño a los demás.

Las quejas interiores que nacen de nuestro egoísmo son un signo de falta de confianza en Dios. Si te fiaras de Él, si confiaras en todo lo que te ha prometido, nada malo saldría de tu boca. Esta etapa puede ser un buen momento para reflexionar interiormente y hacer un propósito nuevo que se inscriba en tu corazón: que de mi boca no salga nunca ni queja, ni crítica, ni mentira.

¡Qué difícil se hace la convivencia cuando nos habituamos a la queja! No te dejará avanzar en tu vida interior. Y, si no avanzas en tu vida interior, tampoco lo harás en tus relaciones personales y cotidianas. La murmuración es una estaca que se clava en el corazón. Nos ciega y no nos permite ver la belleza de lo que vivimos o de aquel que tenemos al lado. Si eres de los que se quejan por todo, jamás serás capaz de compartir el sufrimiento del que camina a tu lado extenuado o de aquel que camina delante de ti con los pies llenos de ampollas. ¿Te has parado a pensar que, tal vez, ellos tienen más motivos que tú para quejarse del camino, o por el dolor que puedan sufrir por situaciones en su casa o con sus amigos?

Te animo a que, en los días que quedan, no salga ni una mala palabra de tu boca en público. Si estás cansado y harto, no lo digas en público de malas maneras. Habla en privado con alguno de los sacerdotes que nos acompañan si lo necesitas: seguro que ellos te ayudarán a darle un nuevo sentido a tu hastío y cansancio.

Querido peregrino, no te embarcaste en este gran proyecto para vivir entre algodones. Lo estás haciendo por Dios, para encontrarte personalmente con Él. Y Dios también está presente en el desierto. El presente, sean cuales sean sus circunstancias externas, es el tiempo que te regala Dios para que te encuentres con Él. Busca y encuentra a Dios aquí y ahora, y descubrirás que, realmente, no tienes motivos para quejarte de las realidades que te tocan vivir cada día, porque por muy duras y amargas que parezcan, son también ocasiones de encontrarte con el Señor.

En los momentos en que querrías abandonar, en los que no encuentras sentido a lo que estás haciendo, es momento de mirar al Cielo y reconocer a Dios, que es el único que puede dar verdadero sentido a la peregrinación. Porque Dios sabe lo que le conviene a cada uno… y nos lo da. Por eso, que estés hoy aquí, en Orellana la Vieja, no es casualidad, sino fruto de la Providencia. Te animo a que erradiques de esta peregrinación y de toda tu vida cualquier tipo de murmuración y queja. No las permitas ni un solo momento. Mira tu realidad y a los demás con una mirada nueva, que te permita ver la presencia de Dios en todo momento, incluso en los más amargos. Porque, igual que Dios nunca nos abandonó en el desierto, tampoco quiere que tú le abandones en aquellas situaciones que parecen incomprensibles, situaciones que, no lo olvides, aparecerán tanto en esta peregrinación como a lo largo de tu vida.

Moisés

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