Lectura Miércoles, 19 de julio

Lectura Miércoles, 19 de julio

Querido peregrino,

Te habrás dado cuenta de que mis relatos van acordes con el itinerario físico que estás haciendo en esta peregrinación. Estás pasando los días más duros y las etapas más largas. Aquella época en la que los israelitas experimentamos la obstinación del faraón fueron tiempos de mucho sufrimiento, como los que estás viviendo estos días. Las etapas que has realizado son largas, el calor es abrasador y el paisaje, que en primavera es de una extremada belleza, es, ahora en julio, muy poco sugerente.

Te encuentras en una situación similar a la que vivimos durante aquel período en que, pese a las plagas, no veíamos una salida a nuestra situación en Egipto. Vivíamos sin esperanza, como si Dios nos hubiera abandonado. Tras la décima plaga y la muerte de los primogénitos (la de su propio hijo) el corazón del faraón cambió. En ocasiones, tenemos que vivir grandes tragedias para que nuestro corazón reaccione. El faraón tuvo que admitir la presencia del Dios de Israel que quería liberar a su pueblo y nos dejó, pese a su voluntad, marchar. La desesperanza, el desasosiego, el vacío y la soledad le hicieron ver que, si no nos dejaba libres, perecería todo su pueblo.

Tras la décima plaga nos preparamos rápidamente, con la ayuda de Aarón, para ponernos en camino y salir de la tierra en la que éramos esclavos. Pasados 430 años desde que José nos introdujera en Egipto, emprendimos un nuevo camino en busca de la tierra prometida. Nuestra llegada a Egipto fue motivada por el deseo de encontrar pastos y tierra fértil para nuestro pueblo. La salida de esa misma tierra era motivada por causas bien distintas: huir de la depravación moral, la esclavitud y los desórdenes que vivíamos entre los egipcios. Queríamos salir de una esclavitud más profunda que la del hambre y la pobreza. Queríamos salir de la esclavitud del odio, de la venganza, de la envidia, del mal, de la corrupción. Iniciamos un éxodo hacia una nueva tierra que manaba leche y miel, una tierra que nos devolviera la esperanza. Teníamos la seguridad de que Yahvé, igual que cumplió las promesas que le hizo a Abraham, tampoco nos abandonaría a nosotros.

Recogimos los restos de José e iniciamos nuestro éxodo, guiados por una nube y una columna de fuego. El hecho de llevar con nosotros los restos mortales de José nos alentaba a desear vivir un camino de santidad, de búsqueda de Dios. Era hermoso ver como su memoria y el recuerdo de su misericordia nos ayudaban a vivir con mayor intensidad la caridad. El ejemplo de los santos, que nos van acompañando en el itinerario de la vida, nos ayuda a mirar a Dios. Recordar la vida de los santos (Abraham, Isaac, Jacob y, muy especialmente, José) nos ayudaba en los momentos más difíciles, y nos alentaba a reverenciar la acción de Dios.  

El inicio de nuestra salida de Egipto fue profundamente liberador. Sentimos la presencia amorosa de Dios tras años de esclavitud. ¡Por fin nos veíamos libres! Nuestro pueblo miraba a Dios y Él nos protegía, nos abrazaba y nos alentaba.

Querido peregrino, estos días hemos ido reflexionando sobre las consecuencias catastróficas que tiene el intentar construir una vida al margen de Dios. Aparecen plagas, y solo hemos comentado tres. El deseo de quedar bien, el materialismo y la sexualidad mal entendidas esclavizan el corazón. Sin embargo, cuando te liberas de esas cadenas, pones tu voluntad en hacer la voluntad de Dios y le miras a Él, te das cuenta de que eres liberado.

Dios quiere acompañarte, como nos acompañó a nosotros en esos primeros días del éxodo, para sacarte de tus esclavitudes. ¿Qué heridas tienes en el corazón? ¿Qué cosas no te dejan ser libre? ¿Tus errores pasados hacen que te encierres en ti mismo? ¡Siente que Dios te quiere acompañar! A lo largo de estos días de peregrinación habrás experimentado algo semejante: en tus ratos de oración, en la celebración de la Eucaristía y, de manera especial, en el sacramento de la Confesión. Dios interviene en el corazón de aquel que le abre el alma, como intervino y sanó el corazón del pueblo de Israel, que vivía sumergido en una profunda esclavitud.

¿Cómo experimentas la presencia de Dios en tu vida? ¿Son los sacramentos y los ratos de oración momentos extraordinarios para sentir que Dios te acompaña de la mano? ¿Sientes la mirada de un Padre que quiere reconciliarse contigo, por medio de Jesucristo, a través de la Confesión?

Aprovecha esta peregrinación para recibir el sacramento de la Reconciliación y sacarte de encima aquellas plagas que te oprimen. El pueblo de Israel, tras ese periplo tortuoso y difícil, se disponía a dejar la esclavitud de Egipto para encaminarse en busca de la tierra prometida. Si dejas que la gracia de Dios actúe en tu corazón, Él te liberará de tus propias plagas y esclavitudes. Solo entonces podrás, de Su mano, encaminarte hacia esa tierra prometida, que es el mismo corazón de Dios.

Moisés

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