Lectura Miércoles, 2 de agosto

Lectura Miércoles, 2 de agosto

Querido peregrino,

Hoy está prevista la llegada del Papa Francisco a Lisboa. ¡Nuestro encuentro con él ya se acerca! Es, este, por tanto, un buen momento para intensificar tus oraciones por el Santo Padre, por su persona y por sus intenciones. La carga que lleva sobre sus hombros es pesada, pero tu mortificación y tus oraciones pueden ayudar a aligerar este gran peso que supone ocupar la sede de Pedro.

Recuperando el relato de ayer, después de llorar por treinta días la muerte de Aarón, mi hermano, levantamos el campamento y reanudamos el camino. Nos acercábamos ya a las tierras habitadas, y tuvimos que cruzar el territorio de los cananeos; no había otra opción. Aquellos días fueron muy duros, porque ellos nos atacaron, a pesar de que no queríamos quedarnos con sus tierras. Sin embargo, el Señor combatió a favor nuestro, y vencimos la batalla. Lo que aconteció después fue aún peor: tuvimos que caminar jornadas muy largas, bajo el sol abrasador. Las fuerzas de todos empezaron a flojear. La dureza de la batalla y las heridas de los pies hicieron que los israelitas volvieran a quejarse, en contra de Dios y en contra mío: «¿Para qué nos trajisteis de Egipto a morir en este desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua! ¡Ya estamos hartos de esta pésima comida!».

Yo no daba crédito. Acabábamos de derrotar a nuestros enemigos sin sufrir ni una sola baja. Habíamos vencido milagrosamente, ¡y aún se quejaban! Pero lo peor de todo: ¡decían que el maná era una pésima comida! ¡El pan de los ángeles, mil veces mejor que vuestro pan Bimbo! Me puse rojo del furor, pero antes de que pudiese pronunciar una sola palabra, ocurrió algo terrible. Miles de serpientes empezaron a salir de en medio de la arena, y picaban a todos los que se habían quejado. El espectáculo era estremecedor: miles de hombres y mujeres, ancianos y niños, retorciéndose por la arena, aullando del dolor, agonizando lentamente. Parecía que todo el pueblo de Israel fuese a morir. Algunos me pidieron perdón, y yo, arrodillado delante del Señor, le preguntaba desesperadamente si podían salvarse. ¡Lo que no habían logrado los moabitas, tan poderosos, lo ejecutaba Dios en un solo minuto!

El Señor Dios se compadeció una vez más de Israel. Me dijo: «Haz una serpiente de bronce brillante, y ponla sobre un asta. Cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá». Aunque me quedé muy extrañado del mandato del Señor, hice lo que me mandó: me puse a fundir una serpiente de bronce, y la colgué en un estandarte en forma de cruz. Todos pensaban que me había vuelto loco. Sin embargo, cuando alcé la serpiente, brillante y terrible en medio del desierto, ocurrió algo increíble. Todos aquellos que levantaban la vista se curaron con solo mirarla. Aquel día, gracias a Dios, se salvaron muchos en el pueblo de Israel. Después, me fue revelado que aquel estandarte profetizaba la cruz de Cristo: del mismo modo que la serpiente fue levantada en una cruz en el desierto, así, el Hijo del Hombre, levantado sobre la tierra, iba a dar vida eterna a todos los que creyesen en Él.

Tú también, querido peregrino, estás cansado. Quizás el pan Bimbo ya te asquea, y no quieres seguir luchando. Te digo a ti lo mismo que les dije a los Israelitas: mira la cruz de Cristo, pues solo allí está la salvación. Mira a la cruz de Cristo, solo allí encontrarás la fuerza para continuar con tu camino. En el futuro, y a lo largo de toda tu vida, vivirás situaciones muy parecidas a estas. Tendrás que luchar, y parecerá que no puedes más. Quizás caes en la tentación y cometes grandes pecados. Quizás las picaduras de las serpientes, es decir, las tentaciones del demonio, logran matar la vida de tu alma. En esas ocasiones, recuérdalo bien: no pierdas la esperanza, no quieras volver a Egipto. Solamente mira a la cruz de Cristo, y Él te salvará.

Moisés

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