Lectura Miércoles, 26 de julio

Lectura Miércoles, 26 de julio

Querido peregrino,

Hoy, por fin, ¡llegas a Mérida! La segunda fase de la peregrinación está llegando ya a su término. A lo largo de esta jornada, los últimos peregrinos que faltaban se unirán en el último tramo de camino que os falta para llegar a vuestro destino. Por tanto, mañana será un gran día, un nuevo comienzo, el definitivo. Con energía renovada, con nuevas caras por conocer y entrando ya en la recta final de la ruta… ¡Solo quedan nueve días para llegar a Lisboa!

¡No te quejarás de la etapa de hoy! Después de tantos kilómetros acumulados en tus piernas, esta jornada te habrá parecido un paseo. Aprovecha el tiempo que tendrás hoy para descansar y prepararte mental y espiritualmente para afrontar lo que queda. ¡Seguro que esta peregrinación aún tiene grandes cosas que regalarte!

Del mismo modo que llegar a Mérida supone para vosotros un punto de inflexión, también lo fue para mi pueblo llegar a los pies del Sinaí, después de largos meses de camino. Como te contaré en las próximas cartas, este fue el lugar escogido por Dios para entregarnos su Ley. Pese a todas nuestras infidelidades y rebeliones en el desierto, Él seguía confiando en nosotros y manteniendo su voluntad de hacer, de nosotros, Su pueblo.

Pero, por ahora, quisiera detenerme en los momentos previos a este acontecimiento. Nada más llegar al Sinaí, plantamos nuestras tiendas, y decidimos acampar allí por un tiempo indefinido. El pueblo necesitaba un periodo de descanso, y aquel era un buen lugar para reponer energías. Durante ese tiempo, busqué constantemente momentos en los que estar solo, en presencia de Dios. Los acontecimientos vividos hasta el momento habían sido insólitos. Quería meditarlos en el silencio de la oración, para discernir, también, hacia dónde nos llevaría próximamente la voluntad de Dios, y descubrir cuáles eran los siguientes pasos que debíamos dar.

Fueron, estos días, momentos de mucha intimidad con el Señor. Por fin había podido parar y salir de la vorágine en la que me encontraba para ver la realidad desde la objetividad y desde la perspectiva de Dios. Resultaba imposible encontrar estos espacios de silencio y recogimiento en medio del bullicio de la gente y, por eso, a menudo subía solo al monte y pasaba largas jornadas de oración.

Allí, a solas con el Señor, vivía momentos de una gran paz. Es cierto, no obstante, que no todos los días eran de color rosa; también había momentos de gran aridez, en los que el sentimiento no acompañaba mi oración. Quizás a ti también te sucede a menudo: hay días en los que cuesta más rezar, en los que no te apetece tanto buscar el silencio, en los que no te sientes inspirado, te faltan las ideas e, incluso, piensas que estás perdiendo el tiempo.

No desesperes, porque es precisamente en estos momentos, en los que decides perseverar y presentarte humilde y pequeño ante el Señor, en los que la oración es más fecunda. Experimentarás, cuando llegues a estos momentos, cómo la relación que se establece con Cristo es más auténtica cuando las ganas quizás no acompañan o cuando más te cuesta ponerte a rezar. Piensa que, en esos momentos, tu oración es más sincera y pura que nunca, pues no esperas de ella ningún tipo de compensación: tu oración es entonces, enteramente, para el Señor, y se convierte en un gran acto de fe (porque sin ver ni sentir, te pones frente a Él) y de amor (porque lo haces enteramente por Él, sin esperar nada a cambio).

Sucede algo similar con las relaciones con los demás: cuanto menos posees al otro, más capaz eres de amarlo con autenticidad. Lo fundamental, entonces, es el encuentro, y ya no lo que te puede aportar o la mayor o menor calidad del tiempo que puedas pasar con él.

Querido peregrino, el amor que busca compensaciones y resultados tiene, todavía, un largo camino de purificación por delante. No dejes que tu trato con el Señor y con los demás dependa de la respuesta que percibes de ellos. Muchas veces no tendrás la sensación de ser correspondido, ni en la oración ni en tus relaciones interpersonales. Pero el amor no va de recibir, sino de dar. Como Cristo en la cruz. Allí, Él lo entregó todo, se entregó a Sí mismo, aun sabiendo que el hombre jamás sería capaz de corresponder a un acto tan grande de amor.

Moisés

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