Lectura Sábado, 1 de Julio

Lectura Sábado, 1 de Julio

Querido peregrino,

Empiezas a acostumbrarte a las largas horas de caminata y a los madrugones. En tu persona se va forjando la vida del peregrino, con toda su dureza. Aunque también hay regalos: seguro que cada mañana, los amaneceres junto al mar desvelan en tu corazón grandes ansias de amor.

Ayer te contaba cómo fue mi nacimiento. Después de dar a luz, mi madre me ocultó a los ojos del faraón. Estuve bajo sus mimos los tres primeros meses. Sin embargo, la presión se hizo cada vez más insoportable. Era difícil ocultar la presencia de un bebé varón. Por ese motivo, mi madre tenía el corazón desgarrado; vivía en una constante angustia. Para ella, la situación era muy compleja.

Por otro lado, mi madre amaba profundamente a Amram, su esposo, y a mis hermanos, Aarón y Miriam. Todos ellos estaban constantemente pendientes de mí. Muchas veces pienso cómo debieron vivir mi mamá y mis hermanos esa situación. Tenían que ir con pies de plomo y jamás hablar de mí.

Además, debían tomar pronto una decisión, pues sabían que, si los hombres del faraón me encontraban, toda la familia seríamos ejecutados. Emigrar tampoco era factible: huir, con la violencia que había en la época en que vivíamos, también era un suicidio. Fueron pasando los meses y mis padres tuvieron que tomar una decisión que les resultaría terriblemente dolorosa. Pero de ella dependía la vida de toda la familia.

Estos días vas a vivir situaciones similares. Debes saber que, en ocasiones, hay que tomar decisiones que resultan profundamente demoledoras. En ocasiones, el corazón no te acompañará, pero hay que seguir caminando. Cuando te faltan las fuerzas, debes seguir esforzándote para vivir amando. Mis padres tuvieron que tomar una decisión que les desgarró el corazón. Si me seguían ocultando, tarde o temprano, su secreto se desvelaría, y las consecuencias serían mayores y más devastadoras que mi propia pérdida. Caía, bajo el peso de su conciencia, la vida y el bien de toda su familia y, con ello, también la de todos los hebreos: ya habían experimentado la furia del faraón y lo atroces que eran sus represalias.

La única opción que les quedaba era abandonarme y darme en adopción, confiando en que Yahvé me protegería. La complicidad de mi hermana fue providencial. Ella sabía la hora en que Henutmira, la hija del faraón, que gozaba de buena fama por su belleza y bondad, acostumbraba a bañarse en el Nilo.

De esta manera, Miriam me colocó en una canasta y la escondió en la hierba alta junto al río. Mi hermana me vigiló a cierta distancia para mantenerme a salvo. La hija del faraón escuchó mis llantos mientras se bañaba en el río, e hizo que una de sus criadas recogiese la canasta. En ella, Henutmira encontró a un pequeño israelita indefenso que lloraba, y quiso criarme como si fuera su propio hijo. Sin embargo, ella no podía amamantarme y, en esto, apareció mi hermana para ofrecerle una nodriza que me criara durante los primeros años. La hija del faraón aceptó y me entregó nuevamente a mi hermana, que me condujo nuevamente a casa junto a mis padres.

Viví con ellos los tres siguientes años. Así fue cómo salvé la vida y cómo mis padres salieron de esa enmarañada situación. Mis padres experimentaron, nuevamente, la providencia de un Dios que jamás abandona su pueblo.

Querido peregrino, toma conciencia de que la vida no es para ir tirando. Estás hecho para tomar decisiones. Mis padres, frente a las circunstancias que les rodeaban y a las pocas salidas les quedaban, reflexionaron, rezaron y se abandonaron a la misericordia de Dios. Ayer decíamos que la vida es un regalo, pero junto a este regalo se nos concede la libertad. Desde siempre he aprendido que las decisiones deben ser tomadas con una profunda reflexión, en conciencia y con responsabilidad. No debemos ser personas impulsivas, ni tampoco decidir solo desde el corazón. Llévalo estos días a la oración. Utiliza la razón y la fe para tomar las riendas de tu vida.

Moisés

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