Lectura Sábado, 29 de julio

Lectura Sábado, 29 de julio

Querido peregrino,

Hoy, por fin, habéis cruzado la frontera con Portugal. Esto solo puede significar una cosa: la meta, poco a poco, ya se va vislumbrando, y la llegada es cada vez más inminente. Supongo que las ganas de esta llegada triunfal cada vez son más grandes, pues el camino ha sido largo, y habéis tenido mucho tiempo para preparar vuestro corazón y para dejarlo transformar por Dios.

Quisiera reanudar el hilo narrativo de los últimos días, en el que te contaba cómo Dios me entregó los diez mandamientos y estableció su Alianza con el pueblo de Israel. Yo me encontraba en lo alto del Sinaí, en oración y diálogo íntimo con el Padre. Ante mi prolongada ausencia, el pueblo empezó a impacientarse y, en el campamento, empezaron a escucharse voces de que yo no volvería y de que Dios había abandonado al pueblo.

Ante esta situación, los israelitas acudieron a Aarón, a quien había encomendado que cuidara del pueblo durante mi ausencia, y le dijeron: “Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues de ese Moisés que nos sacó del país de Egipto no sabemos qué ha sido de él”. A estas palabras, Aarón respondió pidiendo que le entregaran todo el oro y las joyas que tenían para poder construir un ídolo al que adorar. Con todo el material reunido, modeló la escultura de un becerro, y no tardaron en postrarse ante él como su nuevo dios.

En ese contexto, y sabiendo Dios lo que estaba sucediendo, me avisó para que bajara del Sinaí, pues su pueblo se había pervertido. Hice lo que me mandó. A mitad de camino, me encontré a Josué, que había permanecido allí durante todo el tiempo en que estuve en lo alto del monte esperándome. Me advirtió que, desde el campamento, llegaba el ruido de un gran alboroto. Continuamos bajando apresuradamente y, al llegar al campamento, descubrí hasta qué punto puede corromperse el corazón del hombre. ¡Estaban idolatrando a una figura hecha de oro! ¿Cómo era posible que, después de todo lo que Yahvé había hecho por nosotros, siguieran siendo tan duros de cerviz?

En ese momento, monté en cólera. Tomé las tablas de la ley que Dios había grabado en lo alto de la montaña y las arrojé al pie del monte. ¡Dios había hecho una Alianza con nosotros, y la respuesta del pueblo era la idolatría! Al instante, me acerqué al becerro y lo eché al fuego. Mientras aquel ídolo de oro se fundía, mis ojos se dirigieron a Aarón, que miraba avergonzado al suelo. ¡Cómo había podido, mi hermano, cometer un pecado tan grave! ¡Él, que había obrado prodigios en Egipto para liberar al pueblo de la esclavitud del faraón! ¡Él, que había sido designado Sumo Sacerdote de Israel por el Señor!

Querido peregrino, ¿cuál es tu reacción ante flagrantes y graves situaciones de pecado? Te puede parecer extraña mi reacción colérica, pero la ira que en ese momento me invadió es diferente de la que podemos sentir, por ejemplo, cuando nos enfadamos por cualquier nimiedad. Es una indignación lícita, que estalla ante el mal que percibimos y ante la oposición de los hombres a Dios. Es una ira que nace del amor y del deseo de custodiar aquello que pertenece al Señor. Si ante el mal y el pecado no reaccionamos, es que nuestro amor está apagado.

Cristo también reaccionó con santa ira cuando descubrió que el Templo se había convertido en una cueva de ladrones. El mal y el pecado que descubrimos no debe escandalizarnos, pero tampoco dejarnos indiferentes. Cuando vemos que nuestros amigos están lejos de Dios, cuando escuchamos una blasfemia, cuando en una reunión aparecen conversaciones subidas de tono, cuando descubrimos en el otro situaciones evidentes de pecado… ¡no podemos quedarnos impasibles! Si nuestro corazón está inflamado de amor de Dios, arderá frente a estas circunstancias, no para condenar al pecador, que siempre merecerá misericordia, sino para tratar de restituir el daño que hace el pecado. Esto es lo que me movió a mí a destrozar el becerro de oro: el amor que tenía hacia Dios era tan grande, que no podía soportar ver cómo el pueblo lo menospreciaba de esa manera.

Por otro lado, no olvides que la idolatría no es una cuestión del pasado o de las religiones antiguas. Desgraciadamente, hoy en día se viven las mismas situaciones que entonces, y el mundo está lleno de ídolos a los que adoramos, sin saberlo; ídolos que anteponemos a Dios y que nos hacen poner el corazón en personas o realidades que nunca lo llenarán. Todo hombre busca y necesita a Dios y, cuando no lo encuentra o no quiere encontrarlo, crea sus propios dioses, tratando de llenar, con ellos, el vacío de una vida sin el Señor. Unos idolatran el dinero, otros la fama, la política, la ideología, la tecnología, la ciencia, etc. Llegamos, también, a tratar de dioses a las personas: futbolistas, youtubers, influencers, actores, personajes famosos… A veces, incluso, a nuestros propios amigos y conocidos.

Así, querido peregrino, pregúntate hoy dónde tienes puesto el corazón. ¿Qué es lo más importante en tu vida? ¿Quién es tu referente? ¿A quién rindes homenaje? ¿Ocupa Dios, en tu vida, el lugar que le corresponde, o lo has desplazado y sustituido por realidades temporales que jamás colmarán los deseos más profundos de tu corazón?

Moisés

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