Lectura Viernes, 7 de julio

Lectura Viernes, 7 de julio

Querido peregrino,

Otro día más, avanzáis hacia vuestro destino: Lisboa. Hoy la etapa ha sido corta, y esto, de vez en cuando, también se agradece. Aprovecha estas jornadas más relajadas para coger fuerzas para las venideras, que quizás se hacen más duras.

Como ayer te contaba, el asesinato de aquel egipcio supuso un punto de inflexión en mi vida. Era consciente del mal que había cometido, y mi reacción natural fue la huida. A veces, puede que te haya pasado también a ti, tendemos a escondernos ante nuestros errores, aun sabiendo que todo cuanto hacemos tiene sus consecuencias. Mi mayor preocupación, en ese momento, era pensar qué sería de mí tras aquel acontecimiento, así que, como te conté, decidí marcharme.

En el camino, quise parar unos instantes ante un pozo que encontré, en Madián. Yo seguía abstraído cuando de pronto se acercaron siete muchachas a sacar agua. Eran las hijas del sacerdote de aquel pueblo, y pretendían obtener lo necesario para su ganado. No le di más importancia a aquel gesto cotidiano y seguí con mis pensamientos de desprecio ante mis acciones. Reflexioné largamente sobre la cobardía que había demostrado al huir de casa, pero, ¿qué futuro me esperaba, si se enteraban de lo que había hecho?

De pronto, unos pastores se acercaron a las mujeres y, con malas palabras, empezaron a echarlas de aquel lugar. Ante esa escena, salí enseguida de mi ensimismamiento y mi reacción fue acudir a protegerlas, pues no era justo que esos hombres se creyeran con el derecho de tratar así a las damas. Cuando se hubieron marchado, yo mismo decidí ayudarles, en un acto de caballerosidad, a sacar el agua del pozo para sus animales, y luego las acompañé a casa.

En ese momento, no le di mayor importancia a la reacción que tuve ante esa injusticia; pero ahora, al escribirte estas líneas, me doy cuenta del paralelismo con respecto a la respuesta que había tenido días atrás frente al egipcio que maltrataba a un hebreo y de cómo, a fin de cuentas, Dios me ha creado. El sentido de justicia que me ha dado ha estado siempre presente en mi vida, como también verás más adelante, en pasajes posteriores. Ante una situación en la que alguien sufría o era menospreciado, no podía responder sino con autoridad. Es cierto que en la primera ocasión mis actos se excedieron, pues llegué a matar a un hombre, y de ningún modo justifican lo que hice.

Seguro que, en la actualidad, también descubres una infinidad de injusticias en el día a día: algunas muy evidentes, y otras que quizás pasan más desapercibidas. ¿Cuál es la reacción que tiene la sociedad para responder ante estos hechos? Pienso que, a menudo, se tiende, como hice yo con el egipcio, a responder con violencia: con gritos, con grandes manifestaciones, incluso con amenazas y agresión.

Pero ahora te pregunto: ¿cuál es tu reacción? Creo que es bueno que te plantees, por un lado, qué es lo que está en tu mano para cambiar estas cosas, para hacer que el día a día sea un poquito mejor, con pequeños actos; y, por otro lado, ¿hay otras maneras de responder ante la injusticia, más allá de la violencia, de alzar la voz o de querer revelarse ante el mundo?

Moisés

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